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A mi alrededor todo se derrumba y no veo siquiera una grieta. Crisis y oportunidad, pero sin hablar de economía. Por momentos me veo abrumado por una crisis vital, un qué hago aquí, y aspiro a que sea una oportunidad existencial pero en lugar de buscar respuestas que me ayuden hago otra cosa: las decido.

De alguna manera descubro que todo son ruinas de un compromiso de la realidad, que la gente cree ver lo que le han enseñado a ver: que esa pared es pared y que esa piedra es una piedra, que ama porque el amor existe y que llora porque ha perdido algo que era cierto. Quizá lo material sea incuestionable y no pueda negar la pared en sí, pero ni siquiera de esa forma podemos considerarla una pared “pase lo que pase”. Si estoy sobre la pared, es un banco, un barranco, una caída, una línea de un pie de anchura; si estoy a su lado es un camino marcado, es un apoyo para que no me caiga. Quizá es simplemente bella, ¿por qué no? Sólo el compromiso con la sociedad me hace aceptar que la pared es una pared y, además, me confiere la posibilidad de hablar de ella y que tú me entiendas. Pero ese acotamiento que suponen las palabras, que bisela cuanto me rodea, no confiere realidad.

La realidad es más compleja y al mismo tiempo más simple. Podemos ver esa pared como pared porque realmente es lo que deseamos ver al verla. Esa pared se constituye como pared cuando yo la veo como pared. Si al mundo esa pared le consta como pared o no, realmente poco importa, para mí, mientras la siga viendo como pared. Construyo la realidad con el deseo.

Me fundo con la pared para contemplar mi alrededor y me siento como un borracho o como un niño, mintiendo para decir la única verdad que conozco: que sólo mi deseo es realidad, un anhelo de crear

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