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[Lo primero, discúlpenme, tiene 603 palabras y ya establecimos con anterioridad que el máximo en internet debían ser 600 para que el lector no abandonara la lectura. Espero que entendáis que es cuestión de estilo y me lo perdonéis. ¡Mierda!, ¡con esta introducción nos vamos hasta las seiscientas cincuenta!].

En Chile, desde octubre de 2013, es obligatoria la donación de órganos. Más concretamente, los de aquéllos de los muertos chilenos. Sus cuerpos, salvo que en vida se negaran por escrito a ello, una especie de carnet del no-donante, se entregarán a la carnicería médica, troceándolos para su uso ulterior; principalmente, trasplantes.

El caso es que esta decisión política levantó en armas dialécticas a los más avezados defensores de la donación. Se han sentido ofendidos, como parece lógico, porque ahora la decisión no depende de ellos y las campañas propagandísticas se han enfocado en atacar a quienes se nieguen a donar, acusándolos de asesinos por omisión, mientras que antes, quienes donaban sus órganos, eran héroes. Quizá héroes anónimos, pues no se hacía gala de su mérito en los periódicos ni se les colgaban medallas, pero eran héroes desde su propia perspectiva, lo que, acaso, es más significativo; y eso les hacía creerse importantes. Con cierta razón de su lado, tal vez, pero sin que eso signifique que la tuvieran. La razón estaba con ellos circunstancialmente.

Ante la política del gobierno chileno en la que todo el mundo es donante por defecto salvo que se niegue a hacerlo, ya no hay héroes. La opción ha quedado reducida a la donación obligatoria o a ser catalogado como culpable por la pérdida de vidas. Esos antiguos héroes, que poseían en exclusividad el poder de salvar vidas, han sido vilipendiados e insultados, han visto violado su territorio. Lo que antes defendían por moralidad, la vida, ha dejado de ser relevante. Ahora, es su dignidad como cadáver lo que se antepone. Porque existen muchos argumentos válidos para no apoyar la donación obligatoria como, por poner un ejemplo, que no existe una frontera definida entre la vida y la muerte por lo que los órganos se toman cuando el cadáver, quizá, todavía no es tal. Pero en la argumentación que sustentan, lo que validaba la donación de órganos era que fuera el individuo quien decidiera que donaba su cadáver. Por ello, ahora que es obligatorio salvo que se nieguen, muchos intelectuales que defendían que se había que donar órganos han decidido adscribirse a los no-donantes. Y yo, estúpido de mí, que creía que la donación tenía como fin salvar vidas, ahora me doy cuenta de que no exactamente.

Al parecer, lo importante de la donación es ser el bueno, el quedar por encima de los demás, el poder mirar por encima del hombro a aquéllos que no hicieron el gesto y poder sentirse un escalón arriba. Se compraba superioridad moral a cambio de un precio muy bajo: que esquilmaran el cadáver de uno una vez muerto. Como digo, existen muchos argumentos para rebatir la ley del gobierno, una ley con la que yo no estaría de acuerdo en sus formas, pero muchos de esos argumentos pasarían por educar al pueblo durante muchos años en favor de la donación para conseguir, al cabo, un resultado equivalente. Porque el pueblo ineducado acatará la donación ahora y se educará en ello con el tiempo mientras que el pueblo culto donará en el momento en que la educación sobre el tema sea suficiente. Algunos ya estaban formados, sin embargo, educar a la generalidad del pueblo requiere trabajar, principalmente, en su infancia y que este aprendizaje permee a todas las edades puede tomar varias generaciones, lo que se traduciría en un mayor número de muertos a medio plazo. Así que, desde un punto de vista pragmático, la donación obligatoria es mejor en un tiempo menor y con menor inversión de recursos. Una lástima que muchos intelectuales acaben dolidos de su orgullo por ser igualados al pueblo llano.

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