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Porque ya no te debo una disculpa,

porque ya el tiempo con dolor curó de espanto,

porque no fluye ya de ti en mis venas sino esparto,

porque ya si digo no comprendes nunca,

 

porque ya no guardo lágrimas pretéritas,

porque ya arrojé a la mar los polizones,

porque no te escribo más poemas ni canciones,

porque ya no quedan por rasgar más vestimentas;

 

ahora es el momento y me despido.

Ahórrate los dardos, las espinas,

ahórrate el icor que contamina

los besos que algún día construimos.

 

Esta, que será tu última elegía,

es réquiem, a su vez, de mi poesía;

declaré una vez que eras mi vida,

la vida que ahora vivo ya no es mía.

 

Llámame, si crees que aciertas, necio

y oculta la vergüenza de tus días,

lo que declaraste amor, si no te fías,

son pálpitos de tu celopatía.

 

Pero llámame necio y, aún, acierta,

que no hay diana más grande que mi pecho,

que me obligué a seguir hilando versos

cuando ya la poesía estaba muerta.

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