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Capítulo 1. Un encapuchado para una misión.

Un violento viento hizo que todos aseguraran las ventanas y, por ello, ninguna luz llegaba a la avenida principal del poblado. La puerta del muro exterior estaba cerrada pero la traba no estaba corrida, así que cualquiera que tuviera la osadía de empujarla podría acceder. El guardián de la aldea la había dejado así adrede, pues sabía que algunos campesinos tenían sus tierras tan lejos que en invierno el Sol se ponía antes de que regresaran a sus hogares. Así, él podría, mientras tanto, resguardarse en la taberna de aquellas terribles ráfagas. De todas formas, no temía que aquella noche fuera diferente a las demás y supuso, errado, que ningún extraño llegaría ese día. Sin embargo, en algo había acertado, no había nada que temer.

El encapuchado tenía muy claro por qué había llegado hasta allí y no quería turbar la tranquilidad de los aldeanos. Atravesó la puerta con sigilo y nadie se percató de su presencia. Caminó por las calles hasta alcanzar la casa más pobre. Sabía que allí dentro vivía la viuda con trece hijos que buscaba; él mismo se había encargado de hacerla enviudar diez años antes. Pero, en esos diez años, no la había vuelto a ver y se detuvo antes de cruzar el umbral. Toda su resolución se esfumó en ese instante y contuvo el aliento, pero la duda duró un momento tan solo. El vaho que salía de debajo de su capucha volvió a fluir, llamó dos veces con su puño y abrió la puerta sin esperar que abrieran. Dentro le esperaba ella, sentada en un basto taburete de madera.

–Al fin has vuelto –dijo sin inmutarse.

–Arena… –contestó retirándose la capucha y tomando un taburete para sentarse frente a ella.

–Balgan.

–Ha pasado mucho tiempo.

–Diez años no son suficientes para que me olvide de lo que hiciste.

–Sabes por qué lo hice.

–Sabes que no me importa –respondió altiva.

Arena había sido una mujer muy hermosa y había envejecido inconsciente de que hacía tiempo que había perdido ese poder que tenía sobre los hombres. A sus cincuenta y cinco años, y tras parir y criar más de una docena de hijos, su cuerpo se desbordaba inmisericorde. Balgan todavía sentía algo de ese hechizo, vigente en su memoria, sin embargo, su misión importaba más que el palpitar de su pecho. Sacó el coraje que le había ayudado a cruzar la puerta.

–He venido por uno de tus hijos.

–¿Crees que te lo llevarás así, sin más? –cuestionó Arena.

–Son órdenes de Hart. No me iré sin él y tú deseas que me vaya tanto como yo deseo irme de aquí –extendió un escrito que llevaba oculto en un bolsillo de la capa.

–Parece que está en orden –pensó en voz alta. Impertérrita, preguntó–. ¿Cuál?

–El décimo segundo hijo.

–Es un niño enfermo, Balgan, ¿por qué Hart querría un niño incapaz de alzar un arma?

–No quiere un niño incapaz de portar un arma. Está buscando su futuro heredero y un mago de la Torre Roja vaticinó que sería el décimo segundo hijo de Arena de Guircuz.

–¿Pagará por él?

–No volveréis a pasar penurias –lanzó una bolsa de monedas de oro sobre la mesa.

Arena permaneció casi un minuto mirándole fijamente, hasta que Balgan apartó la vista. Si algo quedaba bello en Arena eran sus ojos. Dos estrellas violetas capaces de aturdir la mente del encapuchado. Respiró hondamente y después llamó a su hijo.

–¡Ácelg! –gritó sin moverse de su asiento–. Ácelg, ven aquí inmediatamente.

El niño vino lo más aprisa que pudo y, aun así, la espera se hizo insoportable. Debía tener trece años, calculó Balgan haciendo un esfuerzo memorístico. Por ello se sorprendió tanto al ver aquel alfeñique acercarse con el paso cansado. No aparentaba más de ocho, y mal crecidos. Parecía que su madre lo había nombrado con malicia pues, verdaderamente, le recordaba a una acelga gris.

–Ácelg, éste es Balgan. Es un caballero. Te irás con él esta noche.

El niño desorbitó unos ojos que ya parecían querer escapársele de la cara pero no dijo nada.

–Ve a tu habitación y recoge tus cosas.

–¿Es el duodécimo hijo?

–Sí.

Balgan había salido del embrujo de Arena pero era incapaz de razonar. Si se presentaba con aquel elemento en la corte de Hart le considerarían, como mínimo, idiota. Podían llegar a considerarlo un traidor. Se levantó del taburete y comenzó a dar vueltas por la pequeña estancia. Arena lo miraba divertida.

–¿No hay otro?

–Sólo uno puede ser el hijo doce, Balgan. Es éste. Lo tomas y te largas o lo dejas… y te largas.

–¿Por qué no lo matasteis al nacer? Estabais en vuestro derecho.

–Sólo el padre decide sobre la vida del niño y no puede hacerlo si pasa media vida fuera del hogar.

Balgan gruñó y siguió caminado con nerviosismo. Tenía que tomar una decisión rápida y la presencia de Arena no le dejaba razonar con claridad.

–¿Cuántos hijos tienes, Arena?

–Trece.

–¿Todos varones?

–Trece en total. Doce hijos y una hija, ¿no te gusta mi Ácelg?

Balgan ignoró su retintín.

–Entonces Ácelg es el varón número…

–Es el undécimo hijo varón. Marea es la tercera.

Una chispa de esperanza se encendió en los ojos de Balgan. Arena se percató.

–Será cuatro veces lo acordado.

–El triple, y al tullido también me lo llevo.

–¡Éndivio!

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