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Tenemos que hablar”. Aquella frase percutía en sus sienes como una taladradora. Sabía que ya no había nada que perder, que todo el daño posible ya estaba hecho pero, mientras se montaba en aquel vagón de metro, la sensación se iba haciendo más y más intensa. Cuando llegó al lugar de la cita, nada había cambiado. Elena seguía estando hermosa y radiante, más aún si era posible, aunque con un deje de melancolía.

-¿Nos podemos sentar?

Aquel era un café tranquilo, como los que solían frecuentar cuando empezaron a salir; gente sentada en sus mesas, rincones a media luz. Ella había escogido una mesa en una esquina, con un sillón como asiento, lo más alejada de las cristaleras.

-Me siento muy decepcionada, sobre todo, conmigo misma.

Esa cantinela sólo podía preceder una decepción. Ya había vivido esa situación. Yo soy la culpable; no eres tú, soy yo; te voy a echar de menos. Un guión que cualquiera había escrito sin problemas. Pero él no estaba allí para resolverle la vida a nadie. Se encontraba allí para aprovechar la situación todo lo que pudiera.

-Yo creía que todo iba bien.

Claro, todo va bien al principio, cuando no hay que hacer ningún esfuerzo, cuando los instintos son los que nos empujan y no damos cabida a que nuestro cerebro consciente tome las decisiones. Tenía que centrarse y no dejarse llevar por la razón, tenía que tomar las riendas y avanzar sin preocuparse. Con una sonrisa valía.

-Recuerdo cuando empezamos, todo era risa, sin problemas.

La conjuraba para que riera pero mantenía la mirada apesadumbrada. Sabía que el toque de gracia era una misericordia usada a tiempo. Por fin sonreía y no apartaba la mirada del café que estaba removiendo. Le acarició la mejilla con un dedo y ella levantó la cara. Tenía los ojos vidriosos y la sonrisa en la boca le temblaba.

-Desde el principio tú has sido el problema.

Tanto interior. Ya ha bajado sus defensas y, por fin, se revela. La lágrima que cae desde sus ojos será la última o, al menos, la última que nace pura. Él le toma las manos entre las suyas y las aprieta ligeramente. Ella le corresponde y vuelve a sonreír, tímidamente. Trata de mantener la mirada pero le vence la vergüenza, así que él le ayuda con la mano. Se recorre en el asiento para colocarse a su lado.

-Te quiero tanto, todavía.

Por fin ha llegado el momento por el que él había estado aguardando. Levanta su barbilla y ella cierra los ojos. Vuelve a llorar pero no sabe si de tristeza o de alegría, o de una mezcla entre ambas.

-Alejandro y yo hemos terminado.

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