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Se le sabe moribundo y aún está

esperando su muerte y su final.

Vencido, no acabado, con el cuerpo postrado,

la rodilla en tierra y los dedos enterrados

en el lodo sobre el que reposa.

 .

A su lado, queda patente su lucha,

en forma de gladio y trunca.

Su respiración sigue latente pero fría;

podemos sentir en nuestra espina

el vapor intangible de sus pulmones.

 .

Tiene fijos os en el suelo sus ojos vacíos

llenos de gestos que nos resultan conocidos.

Hasta su corazón aún late si lo escuchas;

puedes percibir su bombeo sin permuta

aunque en constante silencio de luto.

 .

Sobre su mármol frío y seco, quizá en su antiguo bronce,

puedes notar su flujo de sudor; tenso ante la noche,

que sueña con alcanzarle en su eterna carrera,

aunque sea por hacer eterna su presencia

y no achacable a deserción o a cobardía.

 .

Tiene en cada uno de sus estáticos rasgos

tanto más que cualquiera de humano;

su vivir sin vivir lato

no ha vuelto su rostro opaco

lo ha colmado de existir.

 .

Y, nosotros, condenados a morir pero vivos,

con el vaho de nuestro aliento bien presente,

llenando nubes que empañan nuestro rostro:

con los pies bien sustentados en el suelo,

para que pueda temblar nuestras rodillas,

y nuestra espalda alzada.

Con nuestra mirada fija al frente pero necia,

sin más propósito que permanecer anclados a este mundo,

estamos condenados a olvidarnos; siendo cuerpos

no poseemos la mitad de alma de una piedra.

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