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Rima

Donde acaba mi paciencia

da comienzo mi saliva,

me calzo la viperina

y echo a hablar.

 

 

Contumaz (o la necedad de luchar contra lo necio)

Me doy cuenta de que yo

al lanzar la bífida estocada

a donde debiera estar

(si, sublimado, alcanzaras mi valor)

tu pobre corazón, de brillo tan ausente,

no sólo yerro del blanco

sino que me transformo en objeto

de mofa, befa y escarnio

de aquellos que no se dejan

convencer por la razón:

¡El ridículo del sabio!

Y sin ser más sabio yo.

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