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He leído cómo a un periodista le insultan por ser independentista catalán y dar la opinión sobre la bandera de Francia en las fotos de perfil, diciendo que es una representación del control de masas por parte de una empresa que se declara global pero que cataloga a los muertos según su categoría. Me gustan los libros de ciencia ficción. No sé si ello me desacredita para poder tratar cualquier otro tema, particularmente de lo que entiendo que es la realidad del independentismo y de otros derivados colectivos, pero aquí voy. Primero, con una respuesta al periodista que escribió la nota y, después, con mis divagaciones.

“Amigo independentista catalán:

En Madrid, la opinión pública está moldeada para boicotear la compra de productos catalanes, para menospreciar al inmigrante, etc. A veces, es tan obvio que es sencillo posicionarse en contra y encuentras mucha gente y argumentos en que apoyarte. No es difícil percatarse de que intentan alistarnos, unirnos a todos en una masa contra un enemigo común; no les importa el que sea. Pero la presión no siempre es tan fuerte y viene de tantos frentes que, en ocasiones, es muy difícil romper con esa impostura pues, irracionalmente, la tenemos muy arraigada. Mi decisión ha sido contravenirla con mis palabras y hechos, para ofrecer un marco a las nuevas generaciones en el que ésta ya no exista o sea menor. Reconozco que tu postura en cuanto a que deben tener derecho a la autodeterminación es digna pero el nacionalismo es una herramienta más para tenernos controlados y el independentismo catalán es una de sus formas. Al ser nacionalista o ser independentista, aceptamos nuestra pertenencia a un colectivo superior a nosotros mismos. Este colectivo puede obtener victorias de una guerra, de un partido de fútbol o ser ofendido, sin obtener de ello, propiamente, más que la ofensa comunal, el odio de otros colectivos y el gasto de nuestro dinero (que recolectan por impuestos, que hacen honor a su nombre) en sinsentidos. De la misma manera, este colectivo puede ofender a otro sin que nosotros seamos partícipes activo. Ese colectivo puede tomar una decisión contraria a la mía, radicalmente opuesta a mi moral, pero en la que yo voy a estar necesariamente implicado. Porque formo parte física, quiera o no, de ese colectivo.

Nos lavan el cerebro a un lado y a otro de la frontera para que no nos movilicemos por lo realmente importante, que nos han impuesto un estado que es impropio para el hombre y que, como entidad, su único fin es auto-sustentarse. Pero, además, este estado está dirigido por cabezas, explota a todos sus habitantes para beneficio de unos pocos. Pocos son tan ingenuos como para creer que la democracia es democrática, todos saben que el poder no es repartido equitativamente, pero la existencia de un Estado les inhabilita para poder elegir. Es imposible decidir por nosotros mismos sin ascender primero dentro de los escalafones, sin claudicar. La primera violación de nuestra libertad es inculcarnos que pertenecemos a un colectivo tan artificial como un país (o un Estado). Por ello, el pueblo catalán, si se tiene en tal consideración, debe tener derecho a autodeterminarse y a declararse independiente, pero debe ser consciente que sólo es para elegir un amo diferente que le explote y robe de la misma manera. Es el Estado, y no el Estado español, la raíz del problema.”

Pero, en este caso, el periodista catalán no hablaba, para nada, de nacionalismo catalán. Se le atacaba, en esa nota, por ser catalán, como una falacia “ad hominem”: estás desautorizado para hablar de cualquier cosa por ser independentista. En su corta nota, tres párrafos, se quejaba de la existencia de otro colectivo, el nosotros occidental, representado por la bandera francesa en la foto del facebook cuando, días antes, un atentado en Siria no había generado una aplicación semejante por parte de una empresa que se declara global. Si, como ya he dicho, me es difícil segregarme del colectivo español, imagínense que me es prácticamente imposible romper con el nosotros occidental. Este nosotros occidental ha creado un concepto, el terrorismo, contra aquellos que usan la lucha armada contra nuestros ideales. Frente al terrorismo, nosotros usamos la guerra. Es diferente: la guerra está justificada. El terrorismo usa las muertes, la psicología y la propaganda para conseguir que un colectivo renuncie a sus privilegios en pos de los ideales de un grupo no reconocido mientras que la guerra usa las muertes la guerra psicológica y la propaganda para un colectivo internacionalmente legitimado. Empero, relacionar la guerra y el terrorismo es demasiado obvio.

En comparación, el terrorismo es un mal menor. El número de muertes civiles que genera es mínimo comparado con las que ocasiona, por ejemplo, un bombardeo. Finalmente, es otra arma mediática y también nos posiciona, nos hace llevar la vista fuera, considerar que son más importantes los muertos “que nos matan” que aquellos que dejamos morir o miserear en nuestras propias tierras es proclamar que sólo queremos el terror si lo ha elegido nuestro colectivo. Es un distractor. No nos levantamos por la gente que ha sido llevada a extremos de pobreza y de hambre, gente, incluso, con trabajo, porque son producto de nuestro colectivo. Podemos protestar, levemente, dentro de nuestros cauces establecidos pero lo más terrible es que tampoco esa gente se levanta porque asumió ser una consecuencia del colectivo. Si roba, que lo hará para no morir cuando no le quede opción, lo hará sintiéndose culpable, lo hará contra una norma que no era la suya pero que ha interiorizado como propia. Seguirá pensando que el enemigo es el de fuera, el terrorista que pone la bomba, o, como mucho, culpará al partido político que esté gobernando, achacándole las decisiones que lo han postrado a la ideología. Y, mientras tanto, el Estado seguirá administrando su libertad, haciendo uso de ella al menor precio que deba pagar, quizá diez, veinte o cuatrocientos muertos. Nada más que los necesarios para que la mirilla quede enfocada hacia el lugar equivocado. Porque el terror no lo causan las bombas y los muertos sino la publicidad consecuente. El daño ocasionado a Francia es mínimo, si me dejáis jugar con la estadística. Pero todo el nosotros occidental ha puesto el grito en el cielo al ser bombardeados, disculpen la expresión, una y otra vez desde las noticias. De repente, nos sentimos vulnerables y, enajenados, es más sencillo que nos dejemos manipular.

Nacionalismo, independentismo, terrorismo, guerra. Nos hemos pasado siglos dejando países en la pobreza extrema, heredándoselos a caciques corruptos a nuestra marcha, ejerciendo control económico sobre ellos tras abandonarlos por la fuerza o por un pacto y fomentando guerras internas que los debiliten para poder comprar sus recursos a un precio barato (se pueden encontrar ejemplos sencillos de todos ellos en las colonias asiáticas, africanas, latinoamericanas o, por implicar directamente a Francia, en la guerra del Coltán). En donde el poder está menos repartido, con pocos sobornos es suficiente para enriquecer a unos y empobrecer a cientos y, nosotros, beneficiarnos de ello (como podéis ver, me cuesta deshacerme incluso de la culpabilidad del colectivo que me parió). Si el terrorismo surge, es para defender los intereses de aquellos que no pueden sostenerse en un Estado propio o que no son reconocidos o legitimados desde el exterior. Pocas veces los grupos terroristas tienen su excusa en el enriquecimiento personal o en ansias megalómanas de un multimillonario, como en las películas de James Bond. Generalmente, se declaran libertadores de territorios o abanderados de ideologías y son apoyados por pueblos oprimidos. Lo que visto desde dentro del grupo es una guerra legítima, carece de aceptación por parte del agredido sólo porque no hay un Estado que oficialmente lo sustente y porque su enemigo es un Estado. Por poner un ejemplo, la Guerra de Independencia española habría sido considerada terrorismo si Napoleón no hubiera sido derrotado en Waterloo. Mientras tanto, seguimos legitimando a quien nos empobrece, siempre que sea con la ley en la mano. Una ley que, por cierto, fue creada por los grupos poderosos del Estado y no por el pueblo. Pensad por un momento que calificativo se nos daría si un día decidimos juntarnos y exigimos justicia un poco más allá de unas pancartas.

Es fácil echarle la culpa al terrorismo pero, al final, los muertos de Francia son sólo el remate del refrán cría cuervos y te sacarán los ojos. Pero es que, además, en este caso a los cuervos los han criado cuervos…

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