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Recuerdo cuando te olvidé,

grabó el instante otra saliva en mi memoria,

y fui tan consciente de mi olvido que recuerdo

cada clisé que modelé en aquel momento.

 

La primera despedida fue sangrienta,

desesperada y ruidosa, una declamación;

declaraba que mi amor vivía entre deudas

y yo era el usurero de unos besos no devueltos.

 

“Arráncame esta libra de mi pecho,

que no quiero caminar ya solo,

pues no quiero barruntar una esperanza

si soy consciente que el camino es el del dolo”.

 

Y ésa fue mi despedida más sincera,

fue burda e infantil, ¡fue teatrera!,

fue tan intensa que, febril, casi la creo

pero enseguida claudiqué y perdí lo honesto.

 

“Es normal, las cosas pasan, no hubo engaño,

ella dijo “de mi amor obtendrás daño”

y cumplió con creces su promesa

aunque en sus manos estuviese remediarlo”.

 

Después, pareció sanar sola la llaga

y las cicatrices que quedaron semejaban

que el tejido se restablecería de algún modo.

Pero, al llegar el frío el dolor continuaba.

 

“Yo te amaba en cada instante, y te amé tanto,

que estabas clavada en cada verso que escribía;

eras una espina tan afilada que hasta hería

su sombra sobre la página en blanco”.

 

Una tras otra, en procesión de negativos,

he revelado las letras de ese anhelo;

mírame, insustancial, vuelvo a lo andado

y me recreo entre las lascas del flagelo.

 

Esa saliva salvadora aún no ha secado

y ya siento avidez por otros labios.

No me quedó nada de ti salvo el pretexto

de saciar mi piel con piel, ser deseado.

 

Resulté desmedido, luego humilde y acabé

evocando mi olvido en tu olvido respectivo

Recuerdo la saliva del día en que te olvidé

porque en esta ausencia tuya aún te olvido.

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