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Si quisiéramos proponer una definición de ciencia como disciplina basada en la observación y el razonamiento, la descripción más precisa que me viene a la mente es que la Ciencia es el método cuyo fin es resolver problemas. El método es una premisa inapelable, si no hay método, no hay ciencia en este sentido. Podemos explicar un hecho ya sucedido y, con él, cuestionarnos por qué aconteció y contrastarlo. Pero la explicación de lo sucedido no es ciencia. Podemos realizar una prospección en un terreno desconocido para alimentar nuestra intuición y, posteriormente, realizar una presunción que corroborar. Pero esa prospección no es ciencia. Podemos mezclar reactivos en un laboratorio y sorprendernos de las consecuencias, pero tampoco es ciencia. En todos estos ejemplos, para poder alcanzar un estatus de ciencia necesitamos una pregunta que pueda ser respondida cuando tratemos de repetir lo explicado. Lo acontecido nos da una idea de qué es lo interesante y, junto con la prospección, nos ha dado una pregunta que contestar y las variables que debemos valorar. La pregunta debemos responderla a través de la experimentación, en el sentido más amplio que queramos aportarle a esta palabra. Pero en todo esto, la clave reside en que la pregunta pueda ser falsable, es decir, que aceptemos que la hipótesis puede ser rechazada de acuerdo con nuestras observaciones. Cualquier otro tipo de ciencia nos remitiría a la concepción griega de ciencia ametódica, de acumulación de conocimientos transmisibles pero no cuestionables desde un punto de vista empírico.

Este tipo de ciencia a la que nos referimos es la representante más clara del empirismo actual, es la forma más aceptada de conocimiento y la única que tiene el respaldo prácticamente absoluto de la comunidad científica y de gran parte del resto de la sociedad. No obstante, como sistema humano, tiene una serie de limitaciones. De la propia definición podemos derivar el primer problema, que la ciencia no pretende establecer nuevo conocimiento sino dar una solución a una pregunta, la hipótesis. No puede generar un conocimiento nuevo, sino que construye sobre los conceptos que previamente poseemos para dar una respuesta. Difícilmente obtendremos una revolución en nuestra comprensión a través de negar enunciados aislados y la acumulación de pequeñas hipótesis probables sólo nos sirve de premisas débiles de las que obtener conclusiones que sirven de premisas, a su vez, de otras conclusiones cada vez más endebles. Pero no es éste el problema más grave de la Ciencia, pues con sólo aceptar esta limitación dejaría de serlo, aunque a cambio perdiera cierto valor epistémico.

El gran problema, fácilmente comprensible pero difícilmente resoluble, es que la Ciencia está hecha por humanos y a los humanos nos gusta aferrarnos a nuestras tradiciones. No es fácil romper una red de ideas porque en un momento dado nos encontremos con que un resultado resulta paradójico y no puede encajar. Nos resulta más sencillo construir alrededor y aparentar que ese resultado siempre estuvo allí. A este tipo de formación de pensamiento se le denomina hipótesis “ad hoc”, que significa, de una forma simplificada, que la idea se ha generado a posteriori para explicar unos resultados ya previamente obtenidos. Una hipótesis “ad hoc” no puede ser falsada pues los resultados con que debería ser juzgada, necesariamente, están presentes en la propia hipótesis a juzgar. Ser juez y parte es, desde luego, algo que vuelve parcial cualquier tipo de juicio y no permite una observación objetiva.

Las hipótesis “ad hoc” se encuentran de forma constante en la ciencia actual. Quizá una de las ciencias naturales, las ciencias duras, las seguidoras del método, sea la más afectada. En el centro de la biología se encuentra una teoría inamovible; es el ejemplo paradigmático de la Teoría de la Evolución de Darwin. Esta teoría justifica que toda hipótesis realizada a la luz de su marco conceptual se encuentre supeditada a la construcción de hipótesis “a posteriori”. La Selección Natural, uno de los núcleos del paradigma de esta teoría, explica los cambios producidos en una población de acuerdo con una fuerza externa que escoge qué individuos fueron los más aptos para una condición ambiental pasada. Es un pilar inquebrantable de esta ciencia.

Los individuos sobre los que podemos actuar en un experimento no pueden remitirse al pasado, sólo pueden ser presentes o futuros, por lo que, de base, sólo contaríamos con la muestra seleccionada. Si nos quedamos con esa muestra y explicáramos hacia el pasado, su concepción se encontraría en fase de prospección, es decir, se ha observado un fenómeno, se ha dado una explicación, pero aún falta validarlo de una forma científicamente válida. Si pretendemos cuestionar la teoría, por lo tanto, debemos exponer un experimento con una hipótesis cuestionable en el plazo del mismo. La teoría presupone que las especies aparecen por adaptación gradual, por acumulación de diferencias y por aislamiento de los fenotipos y sus genotipos relacionados de otros parientes con fenotipos y genotipos diferentes. Pero existe un problema. La teoría plantea un escudo inquebrantable para autovalidarse, el desplazamiento de la solución del supuesto hasta el infinito. Esta defensa acérrima nos dice que el mecanismo evolutivo funciona más allá de lo que podemos comprobar, más allá en el tiempo y más allá de las predicciones que estemos planteando. Se encuentra más allá en el tiempo porque la acumulación de cambios llevaría a la aparición de nuevas especies tras un periodo de tiempo indescifrable. Por lo visto, dado que el lobo y el perro, o la oveja y el muflón, siguen siendo la misma especie tras una agresiva selección por parte del hombre, el tiempo de evolución y aislamiento en mamíferos debería ser superior a treinta mil años, lo que difícilmente podría ser observado. La selección de determinadas formas de un mismo carácter no supone, de acuerdo con la información disponible, la segregación de una especie. Y también más allá de la predicción porque, “a priori”, no podemos saber de qué forma actuará la selección ni por qué intrincados mecanismos decidirá qué organismo sobrevive y deja descendencia y cuál otro no. Simplemente, no podemos definirla con antelación. Por lo tanto, siempre se sitúa como una explicación “ad hoc”. Su infalsabilidad se sitúa en un punto metafísico, siguiendo la definición de Lakatos.

Aceptar que la base de la Biología es un infalsable no supondría un mayor problema para aquellos que consideramos que existen otras formas de conocimiento alternativas e igualmente válidas. La historia que nos cuenta la selección natural en la evolución es sencilla y fácilmente comprensible, hasta tiene su encanto si consideramos que, llevada a sus extremos, ha sido usada para explicar la competencia entre individuos de todas las clases, desde especies, poblaciones, individuos, genes hasta moléculas como el ARN o, incluso, aminoácidos; algunos la han podido usar para explicar las relaciones entre los hombres e, incluso, para justificar el libre mercado. Como se aplica “a posteriori”, las causas precisas dejan de tener valor; no importa que hablemos de estabilidad de una molécula, de aprendizaje a través de la experiencia o de la supremacía de un modelo económico, siempre podrá esgrimirse que lo que queda, finalmente, ha sido producto de la Selección Natural. El verdadero problema radica, no obstante, en que los científicos aplican con frecuencia este paradigma como si fuera una explicación válida, con el mismo rigor empírico que posee, por poner un ejemplo, la ley de la elasticidad de Hooke. Los científicos, que defienden el método como la línea de discernimiento entre lo que es un conocimiento válido y lo que sólo es especulación, toman una teoría inconsistente de acuerdo con sus propias normativas y la utilizan como un presupuesto necesario que sirve de amalgama de unión de toda su ciencia. Son incapaces de aceptar o de proponer un experimento capaz de falsar el núcleo central de su teoría y encajan arteramente todos los datos que la contravienen. Que lo hagan de forma inconsciente y no voluntaria sólo supone una razón más para preocuparse.

El grave problema que sobrevuela la biología, y la ciencia en general, es que los científicos que viven aislados dentro de la misma son incapaces de discernir entre lo que es una hipótesis científica, con sus limitaciones, y la base infalsable sobre la que construyen su conocimiento. Son incapaces de aceptar crudamente datos que, objetivamente, atacan la credibilidad de la base de su teoría y sustentan otras alternativas. En ese punto, caben explicaciones metafóricas, narrativas, que no tienen por qué estar sustentadas por datos sino que se reconstruyen a partir de ellos. Estas narrativas son necesarias para amalgamar el conocimiento, para dotarlo de alguna dirección y, además, abren nuevos caminos para la investigación. Pero, no son ciencia. Y, aunque su uso es correcto porque somos incapaces de actuar de otra manera, debemos ser conscientes del punto en que unos datos pasan a ser una historia.

La inercia los incapacita para poder salir de su zona de confort y prefieren distorsionar la realidad para adaptarla a sus ojos. Obviamente, la subjetividad de la percepción nos alcanza a todos, no es algo que podamos evitar con esfuerzo y trabajo, pero, aunque la base de nuestro pensamiento puede ser infalsable, cuando la ciencia metódica no nos alcanza, al menos la verosimilitud, una cierta congruencia, es necesaria. Nuestra experiencia nos muestra que existen muchas alternativas capaces de rellenar los vacíos de nuestra ciencia a actual a las que no se les permite invadir los cotos privados de lo ya demostrado con el paradigma actual. Estas alternativas viven coartadas en el mundo real, construyen un universo de ciencia paralela, en el que explican los hechos ya explicados de forma alternativa e internamente más consistentes. Finalmente, constituirán un nuevo modelo que puede crecer fuerte a la espera de una revolución que lo sitúe en el primer plano o bien se marchite por falta de atención. Pero, mientras tanto, no importará las veces que se demuestre insuficiente un paradigma, la inercia nos impondrá una forma obsoleta de ver el mundo. Y la esperada revolución no podrá venir desde dentro.

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