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No era capaz de sentir dolor, le diagnosticaron Riley-Day. Sus nociceptores estaban atrofiados desde antes de nacer. El médico les dijo que los niños que no eran capaces de sentir dolor eran poco viables y solían morir muy jóvenes. El psicólogo, en cambio, les dio algunas esperanzas. Les dijo que podían inducirle un reflejo de dolor mediante el dolor psicológico, así que durante toda su infancia lo torturaron en una clínica con diferentes estímulos. Primero comenzaron con pinchazos, y le quitaban un juguete amado. Después, le quemaban y le quitaban su programa favorito. Le exponían a abejas y le hacían escuchar reggaeton.
Cuando a los veinte años le clavaron un puñal en el pecho en una reyerta, sólo alcanzó a afirmar:

-Siento que mi madre no me quiere.

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