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A un amor que quieras terminar
no le dispares;
no le dispares porque le duele,
pero no lo mata.
El amor herido enseña un caparazón de espinas
y se enquista.
Sólo se aguanta en sobredosis de antiácido
y se despereza si te bajan las defensas.
Al amor, al verdadero,
hay que desangrarlo por años,
dejarle que piense que sanará
para continuar dándole pequeños tajos.
Igual que lleva tiempo construirlo,
al amor se lo mata con paciencia:
se lo mata volteando el papel del baño,
se lo mata en la cocina con mahonesa;
se lo mata aplazando los desfogues,
se lo mata no acompañando a las fiestas.
se lo mata juzgando a los amigos,
se lo mata ofertándolo en escenas.
El problema es que el amor no es el problema.
el amor solamente es lo que acaba.
Cuando se quiebra no quedan de él sino cenizas
que asfixian hasta el fuego de las brasa.
Tras de sí, empero, trae costumbres
y se sostienen cuando aquél se desmigaja;
trae cine los sábados por la tarde,
trae una calidez que acompaña entre las sábanas.
Trae esperanza que se agita tras letargos
y sueños que a la luz se desmañanan.
Al amor que es de verdad se lo desangra,
pero en su derredor todo te dispara.
Cuando acaba, el amor hace conciencia
y subraya, circadiano, la rutina.
todo aquello que se da propio y por cierto
se desgaja de su psyche volitiva.
La voz de los poetas a tenor:
“duele más su ausencia que una herida”
Yo corrijo;
lo malo del amor cuando termina
es que solo termina el amor.
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