Algo en la desgracia del vil hay

que amotina en nuestras arterias

una suerte de sangre en algarabía.

Un zigzag que alcanza, bullente,

nuestro occipital con su cosquilleo.

Un sentimiento de justicia

burlada tantas veces,

de retribución universal sobre la culpa.

Es la moral del tibio que aún se nos recrea,

que nos hace pensar en el karma

como arma de equidad inaccionada,

que nos exime de la responsabilidad

y, en insidiosa pereza,

nos da la oportunidad de un regodeo inmerecido.

Se disponen herramientas más nobles

en la confrontación de la afrenta,

en la toma de decisiones;

en la respuesta inmediata así nos llevé al pecado.

Aquel que consigo porta su orgullo

y no una modestia impostada,

no encuentra placer en el mal de un victimario

si no es planificado.