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Yo creí mi paciencia infinita,
mi amistad sin mesura.
Creí transitar sin juzgar a los otros.

Creí en mi voluntad por encima de todo
y de todos.
Creí que no hallaría aristas en mi vidrio,
en mi ventana de observar en la distancia y a salvo.

Me hice inmune a las caricias,
a los halagos, a las críticas.
Sacudí la sombra gris tras de mi sombra.

Pero, irrevocable, la ira
se fue apoderando de mis emociones.
Se hizo una con el enojo

pero también una con la tristeza
y hasta el amor.
Una conmigo.

Y el despropósito fue la senda abierta.
Toda la suerte pareció mala suerte,
y la vida solo se fingió presente.

De hito a hito,
se descalabró hasta el deseo