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–¿Cuándo la conociste?

–¿Realmente? Creo que nunca.

–Pero si siempre estabais hablando.

–Sí… Hablábamos mucho tiempo, pero nunca de ella. Bueno, ni de mí.

–Ah.

–Éramos… amigos impersonales –rio quedo –. Pero, si te digo la verdad, creo que puedo entender por qué se fue.

–¿Por qué?

–Porque quiso.

–¿Eh?

–Quería irse y se fue

–¿Esa es la explicación? ¿Así de simple?

–Con ella siempre fue simple.

–…

–Quiero decir: era predecible.

–¿En qué sentido?

–Mira, ¿conoces esa gente que sonríe tontamente cuando la insultan de forma inesperada?

–Sí, bueno, los he visto.

–Ella nunca habría hecho eso.

–¿Tú crees?

–Si alguien la hubiera insultado, probablemente se habría puesto irremediablemente triste. No habría fingido un instante de estupefacción.

–No, tienes razón.

–Nunca anticipaba un paso, no preparaba el discurso.

–Solo actuaba, sin pensar.

–No he dicho eso.

–¿No?

–Más bien, ¿cómo decirlo?… Nunca mediaba entre lo que pensaba y lo que mostraba.

–Ingenua.

–Quizá. Me gusta más creer que era honesta.

–Ya… Entonces, ¿entre vosotros…?

–No.

–¿Nunca?

–Ya te he dicho que no. Ella, seguramente, también te lo dijo.

–Sí… Sí, alguna vez.

–…

–¿Crees que la asusté?

–¿La viste alguna vez con miedo?

–No. No que recuerde.

–Yo tampoco. Los honestos tienen la buena costumbre de aceptar la consecuencia de sus actos.

–Bueno, ¿y de qué nos sirve todo esto?

–¿El qué?

–¿Por qué se fue?

–Porque quiso, no hay más.

–Y, ¿cómo lo sabes?

–Porque yo también me habría ido.