Metáfora inversa

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No era capaz de sentir dolor, le diagnosticaron Riley-Day. Sus nociceptores estaban atrofiados desde antes de nacer. El médico les dijo que los niños que no eran capaces de sentir dolor eran poco viables y solían morir muy jóvenes. El psicólogo, en cambio, les dio algunas esperanzas. Les dijo que podían inducirle un reflejo de dolor mediante el dolor psicológico, así que durante toda su infancia lo torturaron en una clínica con diferentes estímulos. Primero comenzaron con pinchazos, y le quitaban un juguete amado. Después, le quemaban y le quitaban su programa favorito. Le exponían a abejas y le hacían escuchar reggaeton.
Cuando a los veinte años le clavaron un puñal en el pecho en una reyerta, sólo alcanzó a afirmar:

-Siento que mi madre no me quiere.

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Todos mis amores

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Tú fuiste el producto de amor de la gala más selecta.

Tan pura fuiste que ni de amor te desgastaste;

tan puro nuestro amor que se quebró de golpe

y dejó tras de sí esquirlas perfectas.
Tú fuiste, en cambio, un proyecto de amor más trabajado.

Un amor obrero de cimiento y ladrillo

Un amor tan sólido que solo brillaba su ausencia de brillo

aunque esfuerzo te costara el arruinarlo.

 

De vosotras hubo amor por simple ornato;

amores de efímera verdad y fuego

Amores que pasaron de ser tan solo un juego

a convertirse en presentes realidades y memorias del pasado.

 

Y luego hubo otro amor que nunca tuvo

dos sentidos, pero supo prestar cuánto quisimos.

Fue un amor de medida, ¡tan preciso!,

que faltó para la ración del desayuno.

 

Nos amamos o te amé y tú me amaste,

el amor fue en perfecta asincronía.

¿Tú me amabas? Yo lo hice cada día

procurando que los besos no encajasen.

 

Ay amor, porque hay amores

que aman dando fe de sí frente a jurados

y hubo amores que amaban solo su pecado,

hay amores que al llegar cambian pasados

y hay amores que no saben mandar flores.

 

Y, hay amor (en su presente), que a ti te amo,

porque te amo en el te amé y en el amarte

Quién sabe si amaré el haberte amado;

amaré, sin duda alguna, nuestro amando.

Deudas de memoria


El pasado a trompicones por mis venas

se agita en el instante en que te veo.

Las razones intestinas te reclaman.

 

Concupiscible eres, la rosa que marchita y tu fragancia

excita tanto mis sentidos que me acaba;

una sombra que aún me inspira a estrofas llenas.

 

No sé si es tu boca que me mira con un ansia especular

o un espejismo que percibe solamente mi mirada…

Me gustaría ser tan simple que supiera claudicar.

 

Tus ojos me sobrepasan, ignorantes,

desafiando con insolencia el palpitar de tus labios

¡tengo derecho a recordarles que me debes el mar!

 

Pero pasas de largo y acribillas con tu indiferencia,

quizá sin percibir que yo te miro,

subrayada en cada verso por tu perfume.

 

Te desdibujas y yo sé que volveremos a no encontrarnos,

volverá la sangre a desbocarse en mis arterias

y volverás a ser mi insatisfecho anhelo.

 

Aunque te agites y te desprendas de mi presente,

y aunque mi logos estabule mi deseo,

queda tu vela prendida en el oscuro cuarto del recuerdo.

Fragmentos de tiempo

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Verte deslizar el tiempo a mi lado

perdida en un mar de datos.

Ser testigo de tu ausencia impersonada,

del frágil sentir de tu tecleo,

del endeble valor de nuestro sueldo.

 

Para no sucumbir, te invento en nieblas

desde los deseos de tactos trashumantes.

Y, cuando suene un quedo eco de tu agenda,

compartiré cada hueco que te sobre

en esta sociedad acelerada.

 

Valdrá la pena por sentir que aún somos parte

el uno del otro, aunque seamos

automatismos de algo que nos sobrepasa;

algo en que lo material lo copa todo e importa nada.

 

En éste que es tu mundo y no es mi mundo

en el que tornados de carreras nos invaden,

aún me queda algo valioso que entregarte:

Mi fragmento de segundo en tu segundo.