Misión arqueológica (Parte V)

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Misión arqueológica (Parte I)

Misión arqueológica (Parte II)

Misión arqueológica (Parte III)

Misión arqueológica (Parte IV)

 

RESUMEN

García es una arqueóloga espacial que ha encontrado, en un pecio abandonado,una esfera que atrae hacia sí la materia más ligera. Además, ha descubierto la bitácora del comandante de la nave, que podría ser una fuente valiosa de información, aunque todavía no la ha podido descifrar. Mientras García investiga el origen de la esfera y la bitácora del almirante, la reserva de su tanque de Oxígeno comienza a agotarse. Intuitivamente, García sospecha de la influencia de la esfera.

 

Misión arqueológica (Parte V)

Dos horas era muy poco tiempo para esperar. Si se quedaba allí, sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Sin embargo, su traje no tenía autonomía para desplazarse hasta el planeta más cercano. Dependía de lo que aquel pecio espacial pudiera moverse y de si aún disponía de energía.

Recordó el campo de fuerza que rodeaba a la esfera cuando entró en la nave. De alguna forma, los generadores debían seguir funcionando. Sólo esperaba que el circuito no fuera independiente y que le permitiera redirigir la potencia hacia los motores. Quiso suponer que sí, ya que era la única opción que consideraba. El desplazamiento, aun así, debía ser tradicional. Con la compuerta exterior rota, no podría dar un salto aunque la nave hubiera dispuesto de ese potencial. No obstante, los motores debían ser suficiente para alcanzar aquel lejano punto que creyó que podía ser un planeta. Con suerte, éste o un satélite podrían ser parcialmente habitables. La mayoría de planetas que conocía ofrecía una de las dos opciones. Sólo necesitaba un terreno sólido y algo de agua para instalar el hidrolizador y producir nuevo Oxígeno.

Volvió a quedarle patente que el aspecto arcaico de la nave no era más una máscara. La presencia de un Gran Almirante a bordo, aquella esfera metálica y, ahora, unos potentes motores le confirmaron que el pecio no era una ruina habitual. En pocos minutos, la nave parecía querer avanzar, pero la arqueóloga recordó qué hacía allí. Antes de adquirir velocidad, García soltó una baliza indicando su rumbo, por si volvían en su rescate. Le colocó la clave mínima, para que fuera rápidamente descifrada y, no obstante, fuera reconocida como propia de un oficial. La vio parpadear en la distancia conforme se alejaba de ella. García se quedó mirando hacia el vacío tras ella, con la esperanza de que apareciera repentinamente su nave nodriza. Dentro del pecio, la esfera parecía observarla mientras rodaba por la sala en sentido contrario al avance. Tenía el tamaño de un balón de fútbol.

A medida que se iba acercando, García asumió que las cosas no iban a mejorar fácilmente. Confirmó que sí era un planeta aquello que intuía en la distancia, pero su color violáceo suponía una mala señal. No conocía ningún suelo de mundo, ni ninguna atmósfera sana, que fuera violeta. Probablemente, fuera un gigante gaseoso. Eso no significaba que estuviera todo perdido, sin embargo. Por su experiencia, estos planetas solían contar con varios satélites y alguno de ellos podía resultar un buen lugar de alunizaje. Pero la inquietud amenazaba con convertirse en desesperación.

La liebre saltó en la computadora del Gran Almirante mientras se acercaba al planeta. La clave había sido descifrada en un tiempo récord. Como su intuición le había sugerido, la contraseña del alto oficial era una frase con significado y su decodificador había tardado apenas dos horas en hallar la clave para su comprensión. El diario completo del Gran Almirante comenzó a descargarse al lector de memorias de García. Había sido un momento afortunado, aunque apoyado en su pericia, pues pensaba que no podría descargar la información ni en el tiempo del que suponía que disponía inicialmente. Un segundo golpe de suerte le llegó cuando el lector de la nave detectó una atmósfera parcialmente oxigenada en uno de los siete satélites en torno al gigante gaseoso. Un dieciséis por ciento significaba que, en ausencia de toxinas, podría llegar a respirar sin equipo.

García pegó un salto para cambiar de consola. Tenía que realizar una aproximación cuidadosa. Carecía de cualquier tipo de protección frente a una atmósfera densa, pero el alunizaje era una prioridad.

Aún le quedaba una hora y media de Oxígeno en su tanque cuando un indicador alertó de la temperatura creciente en el casco externo. La atmósfera ardiente penetraría en el compartimento de un momento a otro. La arqueóloga decidió olvidarse de la aerodinámica de la nave y entro en la atmósfera lateralmente. El vacío que se creaba detrás de la nave le concedió cierta protección, pero aquella posición generaba demasiada resistencia al aire. La fricción se notaba en la vibración de la consola de mando. Fragmentos de metal se fueron desprendiendo del casco exterior mientras la nave crujía por la presión. Algunos entraban por la puerta abierta dirigiéndose hacia la esfera. Un enorme pedazo chocó contra una de las cámaras exteriores, con un estruendo que fue capaz de oír incluso dentro de su traje, y deshabilitó completamente la pantalla de imágenes frontal. García volvió a cambiar de consola y esperó a que una clina en las condiciones exteriores le indicara que había cruzado la ionosfera. De pronto se percató de que sus movimientos se hacían más pesados y que un calor creciente comenzaba a sofocarla. La esfera seguía creciendo de una forma paulatina, la metralla de las paredes se había empezado a fusionar con su núcleo y ahora parecía contener una cánula gaseosa en torno a ella. Estaba atrayendo los gases del exterior.

 

(continuará)

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Misión arqueológica (Parte IV)

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Misión arqueológica (Parte I)

Misión arqueológica (Parte II)

Misión arqueológica (Parte III)

 

RESUMEN

García es una arqueóloga espacial que investiga un pecio abandonado en busca del origen de unas interferencias. El origen de las señales es una esfera que atrae hacia sí la materia más ligera cuando no está contenida por un campo de energía. Mientras se encuentra en su misión, su nave nodriza ha de escapar de una nave hostil y la dejan a la espera de que regresen por ella. Mientras García está en el pecio, mata el tiempo investigando la propia nave. En sus pesquisas, descubre que el comandante de la misma tenía el rango de Gran Almirante. La bitácora se convierte, por lo tanto, en un hallazgo al nivel de la esfera, no obstante, no puede ser leída en su totalidad sin descifrar una contraseña.

 

 

Misión arqueológica (Parte IV)

Se introdujo en el código del sistema, que sólo le sirvió para obtener el número de caracteres que tenía el código. Setenta y siete. Si hubiera habido gravedad en la sala, habría caído de espaldas. Un tablero normal tenía noventa teclas con sentido propio y dieciocho modificadores básicos. El número de posibilidades era, en la práctica, infinito. Conectó un generador de cifras aleatorio y fue acotando las posibilidades de acuerdo con su experiencia. El Gran Almirante era una persona mayor y probablemente cargado de responsabilidades. Su atención, probablemente, no podía estar fijada en recordar claves aleatorias. Los setenta y siete caracteres tendrían algún significado. Familia o trabajo.

García sopesó su objeto de estudio. Tenía las ojeras marcadas bajo sus ojos, y el bigote estaba desalineado. Nada concluyente, pensó, pero podía ser indicativo de estar afectado por la lejanía de su hogar. Los almirantes, generalmente, vivían con sus familias en los cuarteles, pero no solían llevarlas consigo en las misiones peligrosas. Miro la imagen con más detenimiento. Llevaba un pendiente rojo en la oreja derecha, lo que indicaba que, efectivamente, estaba casado. Una hija o un hijo, el nombre de su mujer, una fecha de nacimiento, podían ser la piedra Rossetta que descifrara el código. Si hubiera tenido más tiempo, habría comenzado por una búsqueda mucho más amplia, como detectar espacios, preposiciones y similares, pero su decodificador no procesaría la información con suficiente velocidad como para obtener resultados concluyentes en, en el mejor de los casos, una decena de horas. Había que jugársela a un volado.

Mientras el procesador de datos funcionaba autónomamente, García se quedó mirando la esfera. Había perdido su brillo metálico recubriéndose de un montón de porquería. Cuando trató de limpiarla, se percató de que la costra ya había adquirido una consistencia bastante sólida. Las virutas metálicas y el polvo se habían aglomerado y, prácticamente, se estaban fusionando con la esfera. Al tratar de arrancar la costra rascándola con su guante, éste se había roto y se había producido un corte en su dedo. Gotitas de sangre flotaron en el vacío mientras buscaba en su kit de reparaciones. La sangre se dirigió inmediatamente a la esfera y se fusionó con ésta, dándole una tonalidad rojiza. García se dio cuenta de que la bola ahora parecía ser más grande que cuando la sacó de su contenedor. La acercó a unos cables y estos se movieron inmediatamente, dirigiendo sus extremos libres hacia ella. Las partículas pequeñas se veían atraídas y se agolpaban, pegándose a la matriz metálica. Todo en la sala reaccionaba frente a la pequeña esfera, pero la mayoría de objetos eran demasiado grandes, estaban fijos o se encontraban demasiado lejos para verse atraídos por ella. Se quedó ensimismada mirando la esfera, preguntándose de qué estaría hecha.

Una alarma la sacó de su ensimismamiento. Le quedaban, tan solo, dos horas y media de autonomía de oxígeno. Su corazón se aceleró, pero recobró la calma. Tiene que ser un error del sistema, se trató de convencer, apenas ha pasado como una hora desde que programé el descodificador. Desacopló la bombona de oxígeno de su traje para una inspección manual. La alarma fue confirmada por el indicador analógico de su respirador. Hizo una revisión de su traje para buscar fugas. El mecanismo electrónico aún funcionaba y sólo detectaba una grieta, reparada, en el guante de la mano derecha. Un terror helado le sobrevino. Saltó hacia atrás, alejándose de la esfera. Ésta hizo un pequeño ademán de seguirla, pero el desplazamiento fue corto. La bola metálica quedó en mitad de la sala y ella en el extremo opuesto. Comenzó a hiperventilar.

 

 

(continuará)

Misión arqueológica (Parte III)

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Mision arqueológica (parte I)

Misión arqueológica (parte II)

 

RESUMEN

García es una arqueóloga espacial que investiga un pecio abandonado en busca del origen de unas interferencias. Dentro de la nave, hay rastros de un combate, pero ningún cadáver. En su misión, García ha descubierto que el origen de las señales es una esfera que se encontraba dentro de un campo de energía, pero, mientras evalúa el artefacto, desde su nave le avisan de que tienen que dejarla temporalmente abandonada. Otra nave, aparentemente hostil, ha comenzado a perseguirles. García queda en el pecio, a la espera de que vuelvan a rescatarla.

 

Misión arqueológica (Parte III)

Se sentó para esperar en la puerta, dejando colgar sus piernas hacia el espacio, más por hábito que por una necesidad. Realmente, su cuerpo apenas reposaba en el suelo de la nave y el espacio no le aportaba ninguna sensación sobre sus piernas. Miró su contador de Oxígeno. Aún le quedaba suficiente para todo un día si respiraba con calma y, además, contaba con un pequeño tanque de reserva, así que se relajó. En aquel momento, toda la tensión recaía en los miembros de la nave. A pesar de que la mayoría de ellos habían recibido entrenamiento militar, García no podía imaginarlos en una situación de combate. Durante todos esos años, habían formado un equipo al que, eufemísticamente, denominaban arqueológico. Se dedicaban al saqueo de pecios a la deriva para encontrar objetos valiosos y perdidos en el tiempo. A veces, eso sí, reconstruían hechos del pasado con los hallazgos. En opinión del resto de la flota, era poco lo que les diferenciaba de los piratas salvo que en sus saqueos no solía haber sangre. Debido a que su nave era pequeña y estaba pobremente armada, evitaban cualquier situación que pudiera ponerles en riesgo. Por ello, García tenía la certeza de la tripulación evadiría el combate y regresaría por ella.

Para entretenerse, se dedicó a tomar fragmentos de la costra que se había formado alrededor de la bola metálica. Los depositaba tan lejos como alcanzaba su brazo y veía cómo regresaban a ella. Después de un rato, decidió arrojar uno de aquellos trozos al vacío, pero la atracción que ejercía la esfera fue insuficiente y aquel pedazo de sangre se alejó irremediablemente. Finalmente, comenzó a preocuparse. Miró de nuevo su contador de Oxígeno que, a modo de reloj, le ofreció una estimación del tiempo que llevaba esperando. Sólo le ofrecía dieciocho horas. Sabía que aquello no significaba que llevara seis horas de espera, pero imaginó que el esfuerzo de arrojar trozos de sangre al espacio tampoco debía suponer una gran diferencia.

Aunque el paseo supusiera un gasto inútil de combustible, salió del pecio un instante para observar alrededor de la nave. No vio nada más que la inmensidad del espacio. Se atrevió a imaginar, por un momento, que un punto de color en la lejanía podía ser un planeta, pero sólo como una forma de juego. Después, miró hacia el pecio. La mayor parte de la estructura estaba en buen estado. El armazón era gris plomizo, como era habitual en las naves de apoyo, con pequeñas abolladuras, y las insignias de la flota estaban deslustradas por arañazos de polvo estelar. Sólo alrededor de la puerta por la que había entrado había marcas ciertamente significativas. Aquel era el lugar por el que la nave había sido asaltada. Sin rastros de violencia, probablemente había aceptado el acercamiento de la nave que los atacó y, al estar a corta distancia, ésta había forzado el acoplamiento. Eso también explicaba, a su parecer, que la primera sala tuviera tan pocos daños comparados con las siguientes. No habían tenido tiempo de montar una respuesta adecuada.

–Sin duda, iban por ti –dijo hablándole a la esfera de metal–. ¿Por qué no te llevaron con ellos?

Regresó al pecio y anduvo esperando un rato más, hasta que le venció la impaciencia. No podía seguir esperando allí eternamente. Comenzó a pensar que, quizá, la otra nave no les había perdido la pista con la facilidad que preveía el capitán y que habían iniciado una persecución entre saltos, o que quizá habían agotado el combustible necesario para regresar de un salto y tenían que volar por métodos más tradicionales. Pensó, también, que, como los saltos podían ser fácilmente rastreados, el capitán no querría arriesgarse a volver a la misma posición; probablemente, regresaría a algún cuadrante de los alrededores y, desde allí, de un momento a otro aparecería para enviarle un equipo de rescate. No quería valorar la posibilidad de que hubieran sido alcanzados y que sus compañeros estuvieran fuera de combate, incapacitados para volver por ella. No lo consideraba, pero no por egoísmo, porque ella quedara atrapada en aquel pecio sin que nadie tuviera noticias de ello; le parecía, simplemente, inconcebible. Para tener algo en qué entretener la mente, decidió ir a la sala de control. Allí, las pantallas le permitirían ver si la nave se acercaba mientras tenía sus manos ocupadas en algo. En aquel momento, le preocupaba menos que el Oxigeno se consumiera que el que su cabeza divagara. Su contador se situó en catorce horas mientras jugaba con los mandos. La curiosidad y el tiempo le llevaron a buscar los registros de la nave. La bitácora del capitán estaba accesible y sólo protegida por una clave dos, básica de un teniente de flota. No le llevó ningún esfuerzo descifrarla.

Al abrirla, se sobresaltó. El primer vídeo registrado mostraba a un oficial, pero no precisamente de bajo rango. Era un hombre mayor, con el pelo escaso, y con tres águilas sobre estrellas en el pectoral izquierdo de su traje. Era un Gran Almirante. Sólo conocía, y de oídas, tres personas con ese rango en la armada. Una en cada sector: Alten, Missoú y Hargia. No le pareció ninguno de ellos, aunque no podía estar segura.

 

Lo que le vino a la mente fue que uno de los Grandes Almirantes había grabado aquel vídeo en otro emplazamiento, quizá como mensaje motivacional, y que el comandante lo tenía, pero reconoció los tableros de mandos de la nave en el fondo del vídeo. El mensaje, además, corroboraba que era él el oficial al mando. García se preguntó qué hacía un oficial de su rango en aquella nave. Detuvo el vídeo, con una forma de vergüenza que no reconocía en sí misma. Pensó que, de alguna manera, estaba violando la memoria de aquel hombre. Pero, más allá de eso, porque le vino a la mente la idea de que, quizá, no se encontraba en, en sus propias palabras, un cacharro. Ni siquiera un capitán aceptaría volar en una nave con semejante nivel de inseguridad. E, incluso, un alférez con cierta ascendencia pondría sus reticencias.

La contrición se le pasó, repentinamente, y volvió a activar el vídeo. Sin embargo, ya no le prestó toda la atención que correspondía. Mientras el Gran Almirante parloteaba de las condiciones técnicas y legales de la misión que iba a llevar a cabo, García buscó la ficha técnica de la nave. Encontrarla no le supuso una gran dificultad; estaba archivada con el resto de la bitácora. Clave doce, eso sí que supondría un reto. García disponía de su clave siete como referencia, así como de doce años de arqueóloga como herramienta.

Y trece horas de tiempo libre hasta que volvieran a recogerla.

 

(continuará)

 

Misión arqueológica (Parte II)

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Misión Arqueológica (Parte I)

RESUMEN

García es una arqueóloga espacial que ha entrado en un pecio abandonado para investigar una reverberación extraña. Al entrar en la nave, encuentra evidencias de un combate pero ningún cadáver. Desde su nave nodriza le instan a que realice su investigación rápidamente, pues una nave desconocida parece dirigirse directamente hacia ellos.

 

Misión Arqueológica (Parte II)

García comprendió la urgencia de la situación y se impulsó hacia el panel de controles para desactivar el campo de energía. Mientras se dirigía a los tableros, se percató de que podía ver su propia nave. Aquella parecía la sala de mando original de la nave y tenía varias pantallas que, aunque en modo de espera, todavía mostraban lo que sucedía alrededor de la nave. Incluso allí, no obstante, todos los cables se encontraban al aire, aunque el espacio era suficientemente amplio como para no arriesgarse a tocarlos.

Descartó los tableros que obviamente correspondían al control de vuelo y a los radares y se centró en el único que no era común en la sala de mandos. Tampoco aquel panel parecía excesivamente complicado; tenía lo básico y distribuido como lo describiría cualquier manual de construcción. Sin nada que descifrar, en medio minuto el campo de energía comenzó a titilar y pudo ver con claridad el objeto. Era una esfera, no más grande que su puño, con un inconfundible brillo metálico. Cuando, finalmente, el campo desapareció, toda la sala crujió ligeramente y García pudo percibirlo a través la vibración en la suela de su calzado. Incluso ella notó cierta atracción hacia el objeto, pero insuficiente como para moverla del sitio. Cuando se acercó, no obstante, sí comprendió que aquella esfera generaba un ligero campo gravitacional. El guante que cubría su mano se quedaba ligeramente retrasado cuando alejaba su mano del objeto. Sonrió. Se quedó mirando la esfera un instante, sin hacer ningún movimiento, hasta que reaccionó. Las órdenes eran regresar a la nave de inmediato. La esfera flotaba en el vacío el espacio por lo que no tenía más que impulsarla hacia delante con su mano, sin embargo, mientras avanzaba empujándola para salir de la sala, García no paraba de darle vueltas a cómo transportarla en la nave. Ellos no tenían ningún generador de energía capaz de contrarrestar lo que fuera que producía el objeto. Sin embargo, el vacío parecía poder contenerlo perfectamente. La curiosidad le hizo acercarse a uno de los cables descubiertos que cruzaba una pared desde el techo hasta el suelo. La esfera hizo que el hilo se desplazara levemente, pero la electricidad, visible, no había sufrido ninguna modificación en su ruta. No se demoró en exceso en su experimento, pero, cuando miró hacia la pantalla, sólo vio un destello plateado donde antes había visto su nave.

–García, permanezca en el pecio. Volveremos por usted. Vamos a intentar perderlo.

Detrás del primer destello, un segundo, aunque prácticamente imperceptible, apareció en otra de las pantallas.

–Se han ido sin mí–pronunció García sin que nadie pudiera escucharla.

Tomó un largo trago de aire y se quedó mirando el espacio vacío en la pantalla. Conocía la nave a la perfección y sabía que era una de las más veloces de toda la flota. Aunque no era la más moderna, sus motores eran desproporcionadamente potentes para la carga que transportaba y era una de las pocas que podía dar un salto desde una posición estática.

–Probablemente –pensó– es lo que acaban de hacer. Han dado un salto a una sección cercana para que aquella nave de combate los siga. Debería dirigirme a la salida.

Se encaminó hacia la apertura por la que había entrado, empujando aquella bola sin sostenerla. Al cruzar por el pasillo renegrido por los láseres, los pedazos de sangre seca que flotaban se iban dirigiendo lentamente hacia la bola. Para cuando llegó a la puerta de entrada, la bola tenía un color marrón rojizo.

 

(continuará)

Misión arqueológica (Parte I)

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–Wuuuuhu. Tendríais que poder ver esto –dijo al entrar y dejar un objeto clavado en el umbral.

Seis segundos después le llegó la respuesta:

–¿Ver qué, García?

–Todo. Este cacharro tiene más de cincuenta años, todo parece como hecho por un niño. No puedo creer que funcionara. Es un juguete enorme.

Otra vez la respuesta se demoró:

–¿Hay algo interesante?

–Define interesante. Esto es como un sueño. Todo –remarcó– es interesante.

–¿Ves la fuente de la reverberación? –respondió la voz al otro lado del comunicador.

–Dame tiempo, acabo de entrar. Voy a tomar una fotografía, esto merece que lo veáis.

–No te entretengas. Recuerda que no sabemos cuánto tiempo tenemos.

–Está bien. Comienzo –desplegó una pequeña pantalla en su muñequera y comenzó a desplazarse por la sala–. Sección primera: el cuarto parece un recibidor, aunque la puerta de aislamiento está descoyuntada. La tecnología interior es muy anticuada, pero parece funcional. Presenta unas cuantas quemaduras por armas de corto alcance…diría que láser. También hay restos de munición mecánica clavados en las paredes y agujeros. No hay cuerpos.

–García, ¿me escuchas?

–Sí.

–No queremos una descripción del sitio. Entra y sal.

–Sí, señor.

García cerró la pantalla y trató de moverse con mayor velocidad. No había atmósfera dentro del pecio, pero ése no era el mayor de los problemas, podía desplazarse impulsándose con los pequeños motores que llevaba acoplados a su traje. Sin embargo, había cables colgados descubiertos por todos sitios. Si aquella fuera una nave oficial no habría pasado los controles mínimos de seguridad. Las lecturas sobre actividad que habían obtenido antes de comenzar aquella exploración, no le permitían a García estar segura de que la nave estuviera absolutamente apagada. Un chispazo de aquellos cables podría hacer arder sus dos tanques de oxígeno, a pesar de todas las protecciones que incorporaba el traje. Pero no era la primera vez que García se movía en ambientes semejantes y estaba bien equipada. Sacó de su cinturón el extremo de un delgado cable de plástico y el dispositivo lo disparó contra una pared lejana. García ahora podía utilizarlo como punto de apoyo junto con el arpón de la entrada. No obstante, el recibidor no tenía ninguna información que pareciera de interés y el objeto que había producido aquellas lecturas inusuales no era ninguno de aquellos cables, aunque García lo comprobó rutinariamente, por lo que se movió a la siguiente habitación.

Si el primer cuarto le había sorprendido, el segundo le fascinó. Las piezas se encontraban unidas unas a otras mediante extraños ensamblajes y no tenían, ni mucho menos, la precisión en el montaje que esperaría de una nave de la armada. Le parecía improvisado y desastroso y, por ello, más interesante. Tuvo que sacudir la cabeza para no quedarse analizando cada una de las piezas. Tras recordar el propósito de su misión, volvió a percatarse de que en la segunda habitación había evidencias masivas de un combate.

–Sé que me ha dicho que no haga la crónica, señor, pero esto es altamente inusual. El asalto debió ser brutal, no parece que fuera un acto de piratería. Y no queda un solo cuerpo.

–Comprendido, García. Hemos capturado las coordenadas y hemos dejado un mensaje pendiente. En cuanto salgamos de la zona de influencia de la tormenta, se enviará. Pero, ahora, dése prisa. Hay un objeto que se acerca erráticamente y NUT no consigue identificarlo. Tiene media hora para concluir la búsqueda y cinco minutos más para alcanzar la nave.

–De acuerdo, señor.

García siguió siendo metódica en sus movimientos para evitar exponerse innecesariamente, pero comenzó a prestar atención a su radar para dirigirse lo más rápidamente posible al punto que mostraba las lecturas más altas. Los pasillos, al menos, estaban libres de cables desnudos y eso facilitaba que su avance fuera más rápido. Cuanto más se acercaba a su objetivo, las paredes se encontraban más agujereadas y manchadas. Trozos de sangre seca del suelo se desprendían cuando los rozaban al caminar. Así pues, su paseo iba acompañado de costras voladoras. Sin embargo, García no prestó atención a los coágulos. Su vista se había enfocado en el centro de la sala que tenía enfrente. Por fin lo había localizado.

–Lo que sea que es, lo tengo enfrente. Voy a tomarlo y me dirigiré a la salida.

No esperó la respuesta. Comenzó a moverse con precaución hacia aquel objeto. Se encontraba sometido a un campo de energía todavía activo, generado por la columna metálica en que estaba inserto. García se detuvo para mirarla con detenimiento porque la tecnología de aquella máquina contrastaba con toda la utilería que había visto en la nave. Los acabados que tenía estaban perfectamente ensamblados, sin ninguna arista o cable sobresaliente y la única brecha que presentaba era por la que fluía aquella energía azul.

–Recójalo y salga corriendo, García. Se acerca una nave, parece de combate, y no se identifica. Su rumbo ha dejado de ser azaroso y se dirige hacia nosotros.

(continuará)

Memorias anónimas

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-Ana es muy lista, le viene de familia. Como tu abuelo Antonio, que hasta estudió en la Universidad. Y siempre decía que su padre era incluso más inteligente, aunque sólo acabó la primaria.

Aquella fue la última vez que le nombraron, y ni siquiera se acordaron de su nombre. Después, pasó a ser otra memoria perdida.

Metáfora inversa

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No era capaz de sentir dolor, le diagnosticaron Riley-Day. Sus nociceptores estaban atrofiados desde antes de nacer. El médico les dijo que los niños que no eran capaces de sentir dolor eran poco viables y solían morir muy jóvenes. El psicólogo, en cambio, les dio algunas esperanzas. Les dijo que podían inducirle un reflejo de dolor mediante el dolor psicológico, así que durante toda su infancia lo torturaron en una clínica con diferentes estímulos. Primero comenzaron con pinchazos, y le quitaban un juguete amado. Después, le quemaban y le quitaban su programa favorito. Le exponían a abejas y le hacían escuchar reggaeton.
Cuando a los veinte años le clavaron un puñal en el pecho en una reyerta, sólo alcanzó a afirmar:

-Siento que mi madre no me quiere.

Todos mis amores

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Tú fuiste el producto de amor de la gala más selecta.

Tan pura fuiste que ni de amor te desgastaste;

tan puro nuestro amor que se quebró de golpe

y dejó tras de sí esquirlas perfectas.
Tú fuiste, en cambio, un proyecto de amor más trabajado.

Un amor obrero de cimiento y ladrillo

Un amor tan sólido que solo brillaba su ausencia de brillo

aunque esfuerzo te costara el arruinarlo.

 

De vosotras hubo amor por simple ornato;

amores de efímera verdad y fuego

Amores que pasaron de ser tan solo un juego

a convertirse en presentes realidades y memorias del pasado.

 

Y luego hubo otro amor que nunca tuvo

dos sentidos, pero supo prestar cuánto quisimos.

Fue un amor de medida, ¡tan preciso!,

que faltó para la ración del desayuno.

 

Nos amamos o te amé y tú me amaste,

el amor fue en perfecta asincronía.

¿Tú me amabas? Yo lo hice cada día

procurando que los besos no encajasen.

 

Ay amor, porque hay amores

que aman dando fe de sí frente a jurados

y hubo amores que amaban solo su pecado,

hay amores que al llegar cambian pasados

y hay amores que no saben mandar flores.

 

Y, hay amor (en su presente), que a ti te amo,

porque te amo en el te amé y en el amarte

Quién sabe si amaré el haberte amado;

amaré, sin duda alguna, nuestro amando.